
la Comunidad Religiosa desde hace siglos se ha caracterizado por idolatrar imágenes que han representado todo el acontecer del Cristianismo en sus diferentes pasajes. Siempre ha necesitado de símbolos para exteriorizar, o mejor dicho, para materializar su fe. De ahí que el patrimonio de la Iglesia está sumamente enriquecido en objetos de valor económico, histórico o meramente moral. Así como de imágenes y tallas que representan toda una infinidad de santos, vírgenes y a Jesús en los diferentes momentos de la pasión.
Desde tiempos ancestrales los hombres han edificado grandes templos que marcan punto de reunión para la oración y los actos religiosos. Templos donde se recopilaban los más variopintos modelos de dioses y símbolos venerados en cultos y manifestaciones religiosas. El cristianismo ocupa un papel sumamente importante en todas estas manifestaciones antedichas. Ha edificado sus templos y catedrales según los diferentes estilos y modelos arquitectónicos que marcaban la época. Si era ésta o no la intención que Jesús tenía al edificar su Iglesia, no lo sabemos, pero lo cierto es que el cristianismo ha seguido los cánones simbólicos de otras culturas religiosas. Sin embargo, a diferencia de otras religiones donde no se veneran imágenes, la religión cristiana es rica y sabia en adoraciones de santos, Vírgenes y Cristos.
El hombre siempre ha necesitado algo tangible a lo que aferrarse. Pruebas evidentes que lo llevan a la celebración de rituales. Y estos símbolos materiales se han apoderado de tal manera de la humanidad, que en el tema religioso se ha convertido en algo tan esencial como la propia demostración de la fe. La psicológica reacción del hombre le lleva incluso a jerarquizar las representaciones de su vida espiritual. El “ghurú” o guía espiritual pasa por mera figura desahuciada. El hombre, en su introversión social, se convierte en autodidacta eclesiástico, apelando a su necesidad de soledad y concentración espiritual. Pero cuando surge el deseo de manifestar públicamente la fe, el escenario nace virtuoso. La soledad se torna alborotadas secuencias, donde los grupos se multiplican y desarrollan en el marco de diferentes asociaciones, barrios, grupos parroquiales, cofradías, etc. Es entonces cuando la imagen material de los símbolos toma un matiz de gran importancia. Se veneran imágenes que, paradójicamente, rivalizan entre ellas; se rivaliza incluso con diferentes representaciones de la pasión de Cristo; entre idénticas connotaciones históricas y artísticas; las diferentes zonas de una región, incluso de una misma provincia; se adoptan costumbres y ritos que difieren en la forma, nuca en el contenido.
¿Son lícitas o no tales posturas? Pienso que sí. Forman una cultura tan arraigada que sobrepasan los límites propios de lo estrictamente religioso. La Religión se adorna (y digo se adorna, no se convierte) de puro y auténtico arte. Y es en ese punto donde entra la Semana Santa. La manifestación artística, cultural, popular y religiosa de la fe, representada en la calle. Todo esto acompañado de símbolos materiales (tallas, ornamentos, etc) y una sofisticada puesta en escena que desde siempre honran y enriquecen la vida religiosa desde hace siglos. Por este motivo los cofrades no estamos dispuestos a tolerar los adjetivos de nuestros Cristos, Vírgenes y santos como estatuas o muñecos sin sentido. Para nosotros tienen todo el sentido; el sentido de un pueblo que hace de sus imágenes el sustento de su fe y el sentido de la liturgia viva en la calle. Auténticos actos religiosos que nos enorgullecen y rediviven. La contrariedad que nos produce los que apelan al considerar al cofrade como cristianos menos auténticos, algo jaraneros, adulterados y poco convencidos de la obra Santa de Dios, se torna firme convicción cuando al procesionar nuestras imágenes engalanamos nuestros espíritus para elevar nuestra conciencia a tan altas metas.
La gélida mirada de los agnósticos nos duele. La indiferente e inapropiada crítica que a veces recibimos de los mismos hombres de Iglesia, nos cala aún más adentro, porque nosotros también somos Iglesia, catequesis, auténtica penitencia y seriedad católica. ¿Por qué todo son impedimentos al hablar de Semana Santa? Pregunta de siglos. apenas reconocido pero cierto, ¡Siempre criticados! Por la sociedad más indulgente, por la Iglesia, me atrevería a decir más evolucionada, más amante de los signos internos de la persona y que, en sus arquitectónicos inmuebles suelen rechazar todo tipo de representaciones escultóricas de la fe y las creencias. ¿Idolatrar…, por qué no?. Siempre que desde lo más íntimo de nuestros corazones aflore el verdadero sentido de lo puramente religioso, es coherente y paralelo el acto de la re

presentación de lo que llamamos nuestros cultos cofrades. ¡Hacemos Iglesia! Nos sumamos con ambición a la tarea evangelizadora. Mostramos la belleza y sencillez de crípticas y marianas imágenes cargadas de simbología y sentimientos íntimos. Procesionamos escenas de la pasión, celebramos triduos y quinarios, adoramos a nuestras imágenes que representan a Dios y a los hombres, el sufrimiento de Cristo por redimir nuestros pecados. Y nos gusta la Cuaresma, esa época de penitencia y esfuerzos donde recordamos que la Semana Santa está cerca. Y besamos los pies, las manos de nuestros Cristos y Vírgenes en los criticados besapies. En la misa de Navidad se nos muestra la imagen del Niño Jesús en dulce talla, con rizados pelos rubios, carnes rosadas y rellenas para que le besemos los pies; yo el primero que me emociono al hacerlo; ¿no es acaso también un besapie? ¿porqué no entonces celebrar los nuestros; arraigados y populares besapies de esos Cristos dolientes, ensangrentados; y dolorosas Vírgenes que nos miran tiernamente al posar nuestros labios en sus dulces y blancas manos? Dentro de la Iglesia simbolizamos reconfortables rituales que alimentan y enriquecen nuestro espíritu. En la calle, en las procesiones, nuestros actos son semejantes. Oramos en penitencia a Dios en sus pasos de bellas estructuras. Cristo nos ama fuera y dentro del ritual, de rodillas ante el altar, en una estación de penitencia, debajo de un trono, en el reclinatorio de una capilla, en familia, en comunidad Cristiana. Cristo nos ama porque lo importante es amar. ¿No es, hoy en día, sagrada comunión de la de un costalero de Dios?. Algo nos mueve para cargar con el peso de un trono, a orar durante unas horas acompañando a una virgen bajo palio. Hay algo más que la pura representación; algo más que la fiesta y el folklore.
En una sociedad materialista, pobre de espíritu, donde la violencia se apodera de las calles, donde el dinero y el enriquecimiento es obsesión generalizada, no debe rivalizar nunca el cielo con la tierra, el amor y el alma, la Iglesia con la misma Iglesia. ¡Que si yo hablo… tú mandas! Todo es lícito para un buen fin. Todo verdadero para arrancar de los corazones el amor a nosotros mismos y a nuestros semejantes.
Por este motivo, desde estas líneas, en un quejido que emana de lo más profundo de mi alma, y con la humildad de un cofrade marteño grito: ¡Dejad que hagamos Iglesia…! Desde nuestros humildes y honrados corazones; con nuestro anónimo y nada lucrativo trabajo; en el abandono de una calle; con el justificado enfado de nuestras mujeres y su cariñosa comprensión al final; dentro de nuestras túnicas; con lágrimas en los ojos, que sí, os juro que son verdaderas; en procesión, al lado de nuestros Cristos y Vírgenes, preparando y realizando ensayos, en nuestros triduos y quinarios. ¡Dejadnos, aunque sólo sea por una semana, amar a nuestra manera! Y que Dios nos dirija a todos, por sus diferentes caminos, al verdadero sentido de nuestras divinas vidas.